
Tenía 20 años. Y me sentía atrapado.
Trabajaba en un Burger King con turno partido.
Entraba a las 10 de la mañana. Salía a las 5 de la tarde. Volvía a las 8 de la noche y no salía hasta las 3 de la madrugada.
Llegaba a casa con olor a fritura, los pies destrozados, y la sensación de estar regalando los mejores años de mi vida.
Y lo más absurdo: mi sueño era encontrar un trabajo fijo. Aspiraba a salir de allí para meterme en otra jaula. Más cómoda. Más bonita. Pero jaula.




















