No para que me admires. Para que veas que tú también puedes.
Con veinte años hacía turno partido en un Burger King. Y lo más absurdo: mi sueño era encontrar un trabajo fijo. Aspiraba a salir de allí para meterme en otra jaula. Más cómoda. Pero jaula.
Lo conseguí. Traje, despacho, salario fijo. Hasta que un día miré alrededor y vi a gente de cuarenta y de cincuenta pidiendo permiso para ir un martes al médico. Esperando al viernes para empezar a vivir.
Si no cambio nada, dentro de diez años soy uno de ellos.
Llevo siete años enseñando esto. Han pasado más de mil personas. Hoy vivo en Colombia y soy padre. Si un martes tengo que ir al médico, voy.
No me hizo rico: me quitó el miedo a que me echaran. Y eso, a los cuarenta, vale más.